Una noticia mítica de la Ruleta

El 6 de junio de 1980, el alemán Bern Gerhard Weber entró al Casino de Peralada dispuesto a cambiar su destino en una noche. Llevaba en un maletín dinero suficiente para comprar una vivienda (en esa época, claro): alrededor de 1.200.000 pesetas, y pensaba hacerse millonario apostándolo todo.

No era la cantidad usual de dinero que podía llegar a manejar alguien como Weber, que se ganaba la vida vendiendo salchichas y pintura en aerosol. Pero, por supuesto, negocios son negocios y nadie preguntó nada cuando se acercó a la caja para cambiar su dinero en fichas.

Bern no era un jugador profesional, pero todos notaron que sus apuestas en la ruleta no eran, precisamente, convencionales, ya que sólo apostaba a los números entre el 13 y el 18. Después de algunas pérdidas iniciales, Weber comienza a ganar en forma sistemática vuelta tras vuelta de ruleta. Esto, claro, puso nerviosos a los responsables del casino, ya que, sumado a su extraño modo de apostar, se encontraron con que el hombre, para la madrugada del día 7, había acumulado la inmensa fortuna de 22 millones de pesetas (alrededor de 130.000 euros actuales).

Quiso la casualidad que se encontraran en ese momento en el casino el inspector de la Brigada de Juego, José Luís Núñez, y el inspector de juego Auguste Botteau, que presenciaban tan sorprendidos como el resto la increíble racha de buena suerte de este jugador inexperto.

Núñez decidió entonces llamar a su amigo el inspector Felipe Román Crespo, que estaba en el casino Sant Pere de Ribes, para pedirle consejo sobre cómo actuar en esa situación, ya que no parecía haber nada extraño, más que el modo de apostar. Crespo había asistido, poco tiempo antes, a un seminario de especialización en Francia sobre fraudes en juegos de azar.

Crespo tuvo inmediatamente una sospecha. Se trataba de un fraude de ruleta llamado “sistema del ingeniero Granec”. Vladimir Granec era un jugador de ruleta checo que había llegado a ganar entre 10 y 50 millones de dólares con un “sistema de ruleta” de su invención: se trataba lisa y llanamente de aflojar algunos tornillos en la rueda de ruleta en los números elegidos, lo que aumentaba las probabilidades de ganar hasta un 10%.

Crespo sugirió entonces a Núñez que verificara el estado de la rueda de la ruleta. La verificación era sencilla: se ponía una moneda de 50 pesetas en el centro de la rueda y, al hacerla girar, se verificaba si alguna de las aletas se movía.

Con esta información fue Núñez a pedir al director del casino, Manuel Olivier, que cerrase la mesa para poder hacer la inspección. Para su sorpresa, Olivier se negó.

Weber continuó jugando hasta las 4 de la mañana, hora en que las mesas del casino cerraron como lo hacían habitualmente. Fue entonces cuando comenzaron los problemas. Cuando Weber se acercó a la caja a cambiar sus fichas, el casino se negó a pagarle, con la excusa de que se sospechaban irregularidades en su juego. Le informaron que se iba a realizar una inspección de la mesa en la que ha estado jugando. Weber exigió entonces estar presente durante la inspección, cosa que el director del casino no le permitió.

Mientras Weber aguardaba, Núñez inspeccionó la rueda, en presencia del personal del casino. Efectivamente, las aletas que formaban los casilleros de los números 13, 14, 15, 16, 17 y 18 se movían al tacto.

Weber fue entonces oficialmente acusado de estafa. El día 28 el Juez de Instrucción que atendía en la causa se presentó también a verificar la ruleta.

Pero el asunto no terminó allí. Weber alegaba inocencia. A esto se sumaba el hecho de que no se le había permitido presenciar la inspección, lo que daba lugar a sospechas. Y además las declaraciones de los inspectores, policías y empleados del casino que se hallaban presentes en ese momento, no eran consistentes y presentaban muchas contradicciones. Además había dudas acercas del modo en que se había precintado la ruleta. La causa se fue prolongando en el tiempo, y fue recién 4 años después, en 1984, que la Audiencia Provincial de Girona solictó al Casino de Peralada que depositara los 22 millones como prueba de la presunta estafa.

La sentencia se libró recién en 1987 y Weber fue condenado a 2 años y 4 meses de prisión. Fue entonces cuando se conoció la historia de cómo Weber había urdido esta estafa.

En Mayo de 1980, Weber y dos amigos, Erich Friedrich Rettweiller y Anton Alois Winkelhofer, viajaron a Madrid, donde se hospedaron en el Hotel Altana. Habría sido allí donde planearon su estafa al casino. No está claro si lo intentaron en Madrid o no. La cosa es que pocos días después viajaron a la Costa Brava.

El 5 de Junio asistieron los tres al casino de Peralada, donde pidieron jugar en la ruleta de la sala privada número 7. Como estaba ocupada, se marcharon. Al día siguiente, el 6 de junio, Weber fue solo al casino, y volvió a insistir con la mesa privada de ruleta número 7. Ese día estaba libre, y ahí fue donde, pocas horas después, se había hecho con una asombrosa suma de dinero. Había jugado unas pocas vueltas apostando a los números entre el 14 y el 20, y al ver que no tenía suerte, cambió por los números que iban del 13 al 18.

Lo que nunca logró develarse, es cómo lo hicieron. Es probable que hayan tenido ayuda de alguien perteneciente al personal del casino, ya que es difícil que alguien externo al casino haya tenido posibilidad de manipular una rueda de ruleta.

De los amigos de Weber nunca más hubo noticias, excepto que, en un momento, la Interpol creyó haber reconocido a uno de ellos como experto internacional en fraudes de ruleta.

A casi 30 años de aquella famosa noche, la incógnita sobre la realidad de los acontecimientos aún persiste.

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